EL DERROCHE

¿Sabías que un europeo medio consume diariamente doscientos litros de agua, de los cuales sólo bebe dos? ¿Y que un estadounidense consume casi el doble? Sin embargo, en muchos países del tercer mundo cada habitante tiene que contentarse con menos de quince litros al día.

Estamos tan acostumbrados a las comodidades instantáneas que hemos dejado de preocuparnos por la escasez de los recursos. Abrimos el grifo y sale agua, como si fuera infinita. Tocamos el interruptor y se enciende la luz sin que nos preguntemos de dónde viene ni qué recursos son necesarios para producirla.

Hace muchos años las personas tenían que salir cada mañana y caminar mucho para poder llevar a su casa unos litros de agua, y en muchos lugares, miles de personas, aún tienen que hacerlo así hoy.

Es paradójico que el progreso traiga consigo cierto grado de insensibilidad. Dejamos de apreciar las cosas que conseguimos con facilidad y nos dedicamos a derrochar sin pensar que lo que nosotros despreciamos tiene para otras personas más valor que el oro.

Los recursos de los que disponemos son limitados y son de todos. Tenemos la obligación de respetarlos y de usar sólo los necesarios para cubrir nuestras verdaderas necesidades.

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